Nos tocamos en el Caprabo de la Sagrada Familia (2)
Publicado: Mar, 14 Abr 2026, 23:52
Pensé que se había ido.
Me quedé un momento frente a las neveras, sintiendo aún el rastro de su perfume en el aire, intentando recuperar mi ritmo cardíaco. Cogí la botella y empecé a caminar hacia el pasillo de los vinos.
No había mucha gente, pero el silencio se sentía pesado.
De pronto, lo sentí detrás de mí.
No necesité girarme. Su presencia tenía un peso propio, una autoridad que enfriaba el pasillo.
Me detuve frente a una estantería, fingiendo leer una etiqueta. Él no se detuvo a un lado. Se colocó justo detrás.
Sentí su pecho rozar mi espalda. Fue un contacto firme, deliberado. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de mi fina camiseta de gimnasio. Era más alto que yo, y su sombra me cubría por completo.
—No has respondido a mi pregunta —susurró cerca de mi oreja. Su voz era ahora más profunda, casi un mando.
Alargó el brazo por encima de mi hombro para alcanzar una botella en el estante superior. Al hacerlo, su antebrazo presionó con fuerza contra mi cuello, y su otro brazo, como por accidente, bajó rozando mi cadera hasta apoyarse firmemente en mi cintura. Me quedé inmóvil. El mundo exterior —su mujer, su hija, las cajeras— parecía haber desaparecido tras los estantes de cristal.
—¿O es que prefieres que elija yo por ti? —añadió.
Sentí su mano presionar un poco más mi costado, sus dedos marcándose en mi piel. Fue un segundo de posesión absoluta en mitad de un supermercado un martes cualquiera.
Giré la cabeza ligeramente. Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban. Vi en sus ojos algo oscuro, algo que no tenía nada que ver con la compra del día. Era una invitación al abismo.
Me miró los labios, luego los ojos, y con una sonrisa de quien sabe que ha ganado, se retiró.
—Te espero fuera —dijo, tan bajo que solo yo pude oírlo.
Caminó hacia la caja con esa espalda impecable, dejándome allí, con el pulso desbocado y la sensación de que, en ese juego de cazador y presa, yo acababa de dejarme atrapar.
Me quedé un momento frente a las neveras, sintiendo aún el rastro de su perfume en el aire, intentando recuperar mi ritmo cardíaco. Cogí la botella y empecé a caminar hacia el pasillo de los vinos.
No había mucha gente, pero el silencio se sentía pesado.
De pronto, lo sentí detrás de mí.
No necesité girarme. Su presencia tenía un peso propio, una autoridad que enfriaba el pasillo.
Me detuve frente a una estantería, fingiendo leer una etiqueta. Él no se detuvo a un lado. Se colocó justo detrás.
Sentí su pecho rozar mi espalda. Fue un contacto firme, deliberado. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de mi fina camiseta de gimnasio. Era más alto que yo, y su sombra me cubría por completo.
—No has respondido a mi pregunta —susurró cerca de mi oreja. Su voz era ahora más profunda, casi un mando.
Alargó el brazo por encima de mi hombro para alcanzar una botella en el estante superior. Al hacerlo, su antebrazo presionó con fuerza contra mi cuello, y su otro brazo, como por accidente, bajó rozando mi cadera hasta apoyarse firmemente en mi cintura. Me quedé inmóvil. El mundo exterior —su mujer, su hija, las cajeras— parecía haber desaparecido tras los estantes de cristal.
—¿O es que prefieres que elija yo por ti? —añadió.
Sentí su mano presionar un poco más mi costado, sus dedos marcándose en mi piel. Fue un segundo de posesión absoluta en mitad de un supermercado un martes cualquiera.
Giré la cabeza ligeramente. Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban. Vi en sus ojos algo oscuro, algo que no tenía nada que ver con la compra del día. Era una invitación al abismo.
Me miró los labios, luego los ojos, y con una sonrisa de quien sabe que ha ganado, se retiró.
—Te espero fuera —dijo, tan bajo que solo yo pude oírlo.
Caminó hacia la caja con esa espalda impecable, dejándome allí, con el pulso desbocado y la sensación de que, en ese juego de cazador y presa, yo acababa de dejarme atrapar.